¡PING!

Todo se resumía a la expresión “PING” según sus palabras. Al mismo tiempo, su cuerpo trataba de explicar el efecto. Agitaba la cabeza rápidamente de arriba hacia abajo extendiendo los brazos de un lado a otro como si tratara de abrazar algo muy grande mientras abría sus ojos brilllantes haciendo contacto con los de ella. Surgió de la nada, dijo. "No sé, yo entré y estabas allí y te miré y... ¡PING!"

A ella le costaba (y aún en la actualidad) creer aquella historia novelística mexicana que se aproximaba... Sin embargo, siguió atentamente, y con mucho gusto, contemplando cada uno de los movimientos y palabras que describían ese Ping. Le gustó mucho la expresión, a tal punto de repetirlo, sin que él supiera, varias veces en su mente: Ping, Ping, Ping...

Le confesó que era la primera vez que este Ping llegaba a su vida. Que nunca había percibido tal sensación. Aparentemente, lo había estado esperando por largo tiempo y de la nada había aparecido finalmente representado en aquella mujer que sentía conocer pero que no conocía en absoluto. Tal vez por eso, en repetidas ocaciones, él se autodenominaba loco.

“¿Cómo ese Ping se puede haber reflejado en mí?” –le preguntó.- Y él le respondió con voz de reclamo: “¡Por qué tenías que mirarme así!”

Ella no se lo explicaba y comenzó a creer en la teoría de la novela mexicana. Aquella donde los personajes se conocen de una forma poco creible y en la que sin razón los dos caen enamorados, pero tienen que sufrir mucho para tener un final feliz... si es que al guionista le da la gana, claro está, dependiendo del raiting.